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Había un joven extraordinariamente inteligente. Culto, brillante, lector voraz. Escribía novelas y reflexiones profundas sobre el alma humana. Había sido educado en la fe cristiana y tenía una formación espiritual sólida.
Pero como ocurre muchas veces con los hombres brillantes, la inteligencia también puede abrir puertas peligrosas. Comenzó a frecuentar círculos ideológicos radicales. Allí se hablaba de cambiar el mundo, de desafiar a Dios. Un día fue arrestado. El juicio fue rápido. Pena de muerte. Lo llevaron al pelotón de fusilamiento. Era el final. Le vendaron los ojos. “Preparados… Apunten…” Y justo antes del disparo llegó un mensajero. La orden del zar. La pena de muerte quedaba conmutada. En lugar de morir, sería enviado a trabajos forzados en Siberia. Allí, en Siberia, entre frío, hambre y humillación, ese hombre leyó la Biblia. Y algo en su alma comenzó a cambiar. Ese hombre se llamaba Fyodor Dostoevsky. Pero la historia no termina allí. Cuando salió del presidio volvió a escribir. Sus libros se hicieron famosos. Sus novelas comenzaron a circular por Europa. Sin embargo, en su interior seguía existiendo una lucha profunda. La lucha del hombre con Dios. Fue entonces cuando cayó en una de las adicciones más devastadoras que existen: el juego. Especialmente la ruleta. Entraba al casino con dinero… y salía sin nada. Perdía una y otra vez. Pero un día ocurrió algo que revela la verdadera naturaleza de la ludopatía. Ganó. Ganó mucho dinero como para resolver sus problemas. Pero..siguió apostando. Y lo perdió todo otra vez. Aquí aparece la pregunta profunda. ¿Por qué el jugador sigue apostando incluso después de ganar? Porque el problema nunca fue el dinero. El problema es espiritual. En medio de sus deudas apareció un editor: si no entregaba una novela en pocas semanas, perdería los derechos de todas sus obras. Entonces ocurrió algo extraordinario. En 26 días escribió una novela que era prácticamente su confesión personal. El libro se llamó El jugador. En esa obra revela algo que casi nadie entiende sobre las apuestas. El jugador no apuesta por dinero, por desafiar al destino, para probar si el universo puede ser manipulado, para ver si puede doblar la voluntad invisible que gobierna el mundo. En el fondo, el jugador está diciendo: "QUIZÁS esta vez gane, el destino cambie, la suerte se incline hacia mí. Entendió que esa palabra -quizás- es el corazón del problema. Porque la vida del creyente no se construye sobre el "quizás". Se construye sobre la confianza en Dios. El jugador quiere tomar el control del destino que pertenece a Dios. Quiere forzar el futuro, dominar lo que no le corresponde. Por eso la ludopatía no es solo una adicción. Es una rivalidad espiritual con Dios. Es la ilusión de que el hombre puede controlar lo que solo pertenece al Creador. Dostoevsky lo entendió tarde, pero lo entendió. En medio de su desesperación apareció una mujer. Una joven taquígrafa que lo ayudó a escribir, ordenar sus deudas y reconstruir su vida. Se llamaba Anna Grigoryevna. Ella lo ayudó a salir del caos. Se casaron y tuvieron hijos. Y ese hombre que estuvo a punto de morir frente a un pelotón de fusilamiento terminó dejando algunas de las obras más profundas sobre el alma humana. Entre ellas El idiota, Crimen y castigo y muchas más. Al final de su vida pidió que le leyeran un pasaje donde Juan el Bautista duda en bautizar a Jesús. Entonces Cristo responde: “Déjalo ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.” Después dijo: "Escuchad… permitidlo… no me lo impidáis" y murió. Ese fue su último mensaje. Porque al final de todo, el hombre descubre algo simple. La vida no es una ruleta un azar. Y el corazón nunca encontrará paz apostando contra Dios. La verdadera libertad comienza el día en que el hombre deja de decir "quizás"...y empieza a decir: “Señor, hágase tu voluntad.”(Fuente: Créditos a Ricardo de Spirito Balbuena, en X.)
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